El Centro es un inframundo de neón. Tercera Parte

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El panorama se vuelve sombrío de nuevo. Regresa la melancolía que esta vez se transforma en aguardiente, ese que bebe un hombre solo sentado junto a un altar del Sagrado Corazón de Jesús. La melancolía que acompaña al personaje que fuma, toma un trago de Pilsen, revisa los números de un billete de lotería y vuelve a tomar otro trago, y que luego mira las pajareras del parque tal vez con la añoranza de salir de allí de la manera que un ave lo haría. Es el inicio del viaje hacía un inframundo llamado Barbacoas. El descenso comienza con una foto gigante del Papa Juan Pablo II que vigila desde arriba a la discoteca La Bolivia.

Todo se vuelve miseria ante sus ojos. Le reciben burlas y gritos de los travestis parados afuera de la discoteca La Raza, que le intimidan así no sean contra él. Los habitantes de la calle lo observan con ojos brillantes y atentos. Siente un centenar de miradas clavadas sobre su espalda y sobre su rostro, el nerviosismo trata de brotar de su interior pero es contenido. A lo lejos, en la mitad de la calle, mira un automóvil negro, nuevo y brillante, que se contradice con su entorno de indigencia, prostitución y decadencia. Parece como si este carro fuera una especie de embarcación del único balsero que puede cruzar sin sudar frío este río Estigia moderno. Un río de 120 metros que se sienten como un kilómetro. Un kilómetro que culmina con un fuerte olor a pescado emitido por las tiendas y puestos ambulantes de la calle Tejelo.

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Este inframundo no ha terminado, y, como en la Divina Comedia se pasa de un círculo al siguiente. Llega a la calle de la prostitución, donde lo recibe un letrero brillante de rojo intenso en el que se lee “Taberna Skarlaty”. Es un anuncio de neón esplendoroso, al igual que el de los buses que pasan por la calle. Todo resplandece por las luces de los bares y de patrulla de policía que se reflejan en la botella inclinada de un hombre que baja por su garganta el último trago de cerveza, y que lo hace mientras llora al son de una canción de despecho. La luz se clava en los ojos, pero es una iluminación que no llega muy lejos de su foco, a pesar del brillo todo tiene un ambiente sombrío, como de un infierno oscuro que por momentos destella por las llamas y brasas que lo rodean.

Con un refrescante aroma a sahumerio termina el dantesco paso por la calle de las prostitutas, pareciera ser que las hierbas utilizadas en prácticas de sanación ancestrales de este local exorcizaran los demonios de los que abandonan esta vía. Unas cuadras más adelante la vista se ilumina una vez más. Por primera vez en la noche no es una iluminación roja y opaca, esta vez es blanca e inmaculada; la Iglesia de la Veracruz resplandece a su paso y actúa como un oasis en el que se refugian los agobiados transeúntes del sector.

Sentado, con los ojos clavados en un punto fijo de la pared que se atraviesa entre sí mismo y las alucinaciones de su mente, un joven aspira de forma frenética una bolsa negra que con seguridad contiene algún tipo de pegante. Termina de esta forma el pequeño respiro de la Iglesia y el sahumerio. La bolsa negra se infla y se desinfla con cada segundo que transcurre y, a pocos metros del joven que sopla y aspira, yace un hombre que duerme a su lado sobre el suelo y lo hace al a intemperie, sin almohada ni cobija. Ambos personajes podrían ser hermanos, amigos o completos desconocidos; puede que nunca hayan hablado o que ya no se recuerden entre sí. Dos piedras minúsculas se raspan una a la otra generando la chispa que enciende el gas que brota del interior del encendedor. El fuego prende otro cigarrillo y la noche continúa, igual de calurosa, igual de sofocante.

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Una sonrisa se esboza en su rostro al ver aquel simpático borracho que baila al son de una música que parece ser escuchada solo por esos oídos desequilibrados. Se tambalea, baila por unos segundos y se vuelve a tambalear. En un momento se queda inmóvil y parece ser, por un instante, una más de las estatuas que rodean el parque San Antonio. Dos muchachos le ofrecen marihuana y “ruedas” gritando a los cuatro vientos por las escaleras del Parque. Se niega y sigue su camino. Camino que termina unas pocas cuadras después, sin olor a orina ni decadencia, sin mendicidad ni prostitución, sin ebrios ni drogados.

Las altas y resplandecientes lámparas del Parque de las Luces situado al frente de la Alpujarra le reciben mientras iluminan un sector cada vez más limpio y ordenado. Donde el Gobierno sí llega, con sus imponentes edificios y esculturas brillantes que parecen salir de un mundo completamente opuesto al que se encuentra a tan solo unos pocos metros. Donde las estrellas se confunden con las luces de neón, con las luces de patrulla, con las llamas de encendedor. Son las luces de un inframundo que está más cerca de lo que aparenta.

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